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29 agosto, 2011

FORMAS DE PENSAR


Todos vivimos en el mismo mundo pero en cambio tenemos percepciones diferentes. Todos tenemos potencial pero nuestra forma de pensar es distinta.

Las mismas circunstancias son “pensadas” de forma diversa por lo que parece que existen tantos mundos como personas.


Este axioma (proposición tan clara y evidente que se admite sin necesidad de demostración. RAE) se puede comprobar cuando visionamos una jugada de un partido de fútbol entre dos equipos rivales. El aficionado de un equipo percibe de manera totalmente distinta el mismo lance y los entrenadores dan versiones totalmente distintas del mismo hecho.

Nuestra forma de pensar nos configura de tal manera que nada se explica suficientemente si no se analiza el proceso de pensamiento inherente a cada situación en la que intervienen varios seres humanos.

En gran número de ocasiones la forma de pensar nos supone una ventaja pero en otras resulta claramente perjudicial. Emplearemos otro ejemplo del mundo del fútbol: una persona que se define como seguidora del Barcelona es seguramente una clara detractora (maldiciente, que desacredita o difama. RAE) del Real Madrid. Otro ejemplo claro lo tenemos en el ámbito de la política: si no estás de acuerdo con postulados del PP, automáticamente pasas a formar parte de los seguidores del PSOE.

En los casos citados quizás las consecuencias sean menores para nuestra vida, en cambio, hay parcelas en la que supone un problema considerable. Citaremos dos ejemplos: una persona que va al médico y considera que éste debe solucionar su problema como aquella otra que va a un mecánico a reparar el coche. La paciente le dice al médico que le duele mucho la espalda y que cuando se “dobla” se queda rígida sin casi poder levantarse. El médico le receta algún medicamento pero la paciente considera que le debe poner una inyección. Se va para su casa y el problema no remite llegando incluso a producirse un problema estomacal con vómitos. La paciente claramente considera que el médico ha sido negligente y que debería haberle puesto una inyección. Si la situación la trasladamos a un taller mecánico, la persona llevará el coche con un problema y le dirá al mecánico que quiere que se lo arregle. El mecánico procederá y solucionará aparentemente el problema.

En el caso de la paciente sucede lo siguiente: persona que tiene un problema (dolor de espalda y dificultad de desplazamiento) exige solución a un especialista. Si se produce una solución, perfecto, sino, entonces el médico será negligente. ¿Cuál es la responsabilidad del paciente según su forma de pensar? Ninguna.

En el caso del mecánico el proceso es el mismo y el resultado idéntico.

¿Dónde está el fallo entonces?. En la forma de pensar. ¿Por qué?, porque el paciente puede ser el causante de su problema: coge pesos de forma inadecuada, hace esfuerzos más allá de sus posibilidades, no descansa lo suficiente, etc. El usuario del coche puede ser el generador del problema porque lleva el coche demasiado revolucionado, no realiza el adecuado mantenimiento, va a mayor velocidad de la conveniente, etc.

Entonces tenemos que tanto el paciente como el usuario del coche hacen responsables a otras personas de la solución a problemas que ellos crean y mantienen. Exigen soluciones a otros pero ellos no son capaces de pensar que el problema puede ser su comportamiento o simplemente su ignorancia. En definitiva, el proceso de pensamiento es manifiestamente mejorable.


En determinados ámbitos las consecuencias pueden ser muy importantes, por ejemplo en la educación o en el trabajo con niños. Imaginemos a un entrenador que trabaja con niños de 6-7 años. Este entrenador piensa que si un niño es torpe mejorará un poco con el entrenamiento pero se quedará claramente atrás y por mucho que entrené no conseguirá llegar al nivel de los otros. Con este pensamiento el entrenador evitará desarrollar estrategias de aprendizaje para esos niños y se volcará con los otros.

Como podemos comprobar, el proceso de pensamiento es fundamental para nuestra vida y por ello es necesario formarnos y reciclarnos con el objeto de no caer en la complacencia de “yo soy así y no tengo nada que cambiar”. Todos sin excepción podemos mejorar y una buena forma de hacerlo es siendo autocríticos y flexibles, tolerantes y humildes, para reconocer en nosotros lo que tan fácilmente vemos en los demás.